PARA QUE TODO AQUEL QUE EN ÉL CREE, NO SE PIERDA, MAS TENGA VIDA

Juan concluye el versículo 16 con la respuesta: «para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna». La expresión todo aquel es amplia. Cualquier persona, por muy desacreditada que esté, puede entrar. Al mismo tiempo, las palabras no se pierda, mas tenga vida eterna son restrictivas. El perecer y la vida eterna son las únicas alternativas que tenemos ante nosotros. Cada uno de nosotros irá en una dirección o la otra. Todo depende de si creemos en él, el Hijo unigénito de Dios.

Entonces, ¿qué significa creer en él? Esto es lo que no significa. En español, podríamos decir: «Creo en el sistema de la libre empresa», esto es, «Estoy de acuerdo, me gusta». Pero, intenta hacer eso con Juan 3:16: «Porque tanto amó Dios a este mundo malvado, que dio el don sacrificial de su único Hijo, para que podamos decir: ‘Claro, eso es lo que creo; al igual que creo en todas las cosas antiguas de la tradición americana’». El gran amor de Dios exige más y provoca algo más que un asentimiento leve.

En El texto griego de Juan 3:16 dice literalmente: «Todo aquel que crea en él no perecerá». Una creencia real nos lleva a Jesucristo. Una creencia real destruye el distanciamiento. Nos lleva de la autosuficiencia a estar completos en Cristo. Dejamos de tratarlo como un adorno religioso para colocarlo en nuestra vida. Más bien, hallamos en él nuestro todo. Se convierte en nuestro nuevo centro sagrado. Con gusto nos perdemos en lo que él es para los pecadores desesperados. Los teólogos llaman a esta reorientación radical «unión con Cristo». Es así de profundo.

Cuando creo en Cristo, dejo de esconderme y de resistirme. Entrego mi autonomía. En respuesta a la buena noticia de todo lo que Jesús ha hecho, me lanzo a él como mi única esperanza. Quiero ser realmente perdonado de mis pecados reales por un Salvador real.

Cuando ves a Jesús de esta nueva manera, la Biblia dice que eres llevado a estar en él de forma segura, y para siempre. ¡Qué maravilla! Ahí nunca serás abandonado, porque todo el abandono cayó en la cruz, lejos de nosotros. Su gracia, recibida por fe y no por obras, te reubica profundamente en su corazón.

Gerhard Forde nos ayuda a aceptar la simplicidad de creer, como lo opuesto a querer ganárnoslo:

Somos justificados gratuitamente, por causa de Cristo, por la fe, sin nuestros propios esfuerzos, méritos u obras. La respuesta confesional a la vieja pregunta: «¿Qué debo hacer para ser salvo?» es impactante: «¡Nada! Solo quédate quieto; cállate y escucha por una vez en tu vida lo que el Dios todopoderoso, creador y redentor, le está diciendo a su mundo —y a ti— en la muerte y resurrección de su Hijo. ¡Escucha y cree!».

Lo que más le importa a Dios no es qué pecados hemos cometido, o en qué estado nos encontramos en comparación con otros pecadores. Lo que más le importa a Dios es si nos hemos unido por fe a su único Hijo. En otras palabras, la categoría definitiva de Dios para ti no es tu bondad versus tu maldad, sino tu unión con Cristo versus tu distancia de Cristo. Para decirlo incluso de otra manera, lo más importante acerca de ti a los ojos de Dios no son las cosas malas o buenas que has hecho, sino tu confianza y apertura a Cristo versus tu confianza en ti mismo y tu actitud a la defensiva hacia Cristo.

Dios lo ha simplificado todo para todos. No tenemos que ser lo suficientemente buenos. No tenemos que saber todas las respuestas. Dios tiene las respuestas. Él, amorosamente, lo ha proporcionado todo en Cristo. No hay razón para que nos detengamos. ¿Por qué permanecer frío y a la defensiva cuando Dios ofrece su inmenso amor en la persona obviamente más maravillosa que jamás haya pisado la faz de la tierra? ¿Por qué no confiar en él? Si lo haces, él te atraerá a sí mismo, y lo hará para siempre. Esta es la promesa del evangelio.

Si no crees en Jesucristo, te perderás.

¿Ves la palabra pierda en Juan 3:16? Mírala fijamente por un momento. Esta palabra es capturada vagamente en una obra llamada Breath, escrita en 1969 por Samuel Beckett, quien contribuyó al movimiento del «teatro de lo absurdo» de aquella época. La obra completa dura unos treinta y cinco segundos. Las cortinas se abren para revelar una montaña de basura en el escenario. No hay actores. El único sonido es un grito humano al encenderse las luces, que es seguido de un silencio, el cual es después seguido por un gemido cuando las luces se apagan. Fin de la obra, fin de la vida, fin de la historia. Esta es una imagen de lo que es perderse; una vida que deja atrás un rastro de ropa desechada, ordenadores viejos, emisiones de carbono y oportunidades perdidas. A continuación, un funeral, y después la muerte de todos los que lloraron en tu funeral. No importarás nunca más, excepto cuando estés de pie ante el juicio del trono blanco de Dios en la eternidad, donde rendirás cuentas por haberlo rechazado. El infierno es para aquellas personas que podrían haber disfrutado del amor de Dios, pero no quisieron. La Biblia dice: «Los cuales sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder» (2 Ts. 1:9). Eso significa perderse.

Pero la vida eterna está disponible ahora mismo para los pecadores merecedores del infierno, los cuales son amados grandemente por el glorioso Dios que ha dado a su único Hijo. Lo único que pide es que respondamos a esa buena noticia dejando de mirarnos a nosotros mismos para recibir a Cristo con las manos vacías de la fe. ¿Has confiado en él? ¿Has dejado de confiar en ti mismo y te has vuelto hacia él como tu Salvador? ¿Vas a hacerlo ahora? Él ofrece y promete vida eterna, en sí mismo, a todos aquellos que simplemente creen.

Jonathan Edwards nos ayuda a decidirnos para ir a Cristo:

Qué es lo que podrías desear en un Salvador que no esté en Cristo?… ¿Qué es aquello grande o bueno, venerable o victorioso, o adorable? ¿En qué cosa alentadora podrías pensar que no pueda encontrarse en la persona de Cristo? ¿Dejarías que tu Salvador fuese grande y honorable, ya que no estás dispuesto a estar en deuda con una persona de menor rango? ¿Y no es Cristo lo suficientemente honorable para ser digno de tu dependencia de él? ¿No es él lo suficientemente sublime como para ser designado para una obra tan honorable como tu salvación? ¿Estarías dispuesto a que tu Salvador no solo fuera de alto nivel, sino que también bajase a un nivel bajo, para que experimentase aflicciones y pruebas, con el fin de aprender por las cosas que ha sufrido, a compadecerse de aquellos que sufren y son tentados? Y, ¿no se ha rebajado Cristo lo suficiente para ti, y no ha sufrido lo suficiente?… ¿Qué falta, o qué agregarías si pudieras, para que Cristo encajara mejor como tu Salvador?

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